viernes, 7 de mayo de 2010

Las flores molan

Esta mañana al ir a coger la bici para venir a trabajar, me he encontrado una ramita con flores en la cesta de mi bici. Es minúscula y tiene toda la pinta de que a alguien se le ha caído u olvidado ahí.
Pero, de algún modo, mi día es algo más alegre hoy.
Además, ayer me llegó un tendedero desde París hasta Dresden y no pude evitar poner esto a todo volumen.


3 comentarios:

Angie dijo...

No creo que alguien se lo haya dejado ahí por error, ni que se le haya caido. Creo que alguien tenía esas flores y al ver tu bici ha pensado regalárselas a una desconocida para que empezara el día feliz!

Keil dijo...

Esto tiene toda la pinta de que tienes un admirador secreto ( o admiradora)!!!!!!!

Marta dijo...

-¿Pero vos estás loco, pibe? Bajar tres pisos cruzar por entre el hielo y subir otros tres pisos, eso no se hace ni en la cabaña del tío Tom.
-No vas a pretender que sea yo el que practique ese andinismo vespertino.
-Lejos de mí tal intención -dijo virtuosamente Oliveira.
-Ni que vaya a buscar un tablón a la antecocina para fabricar un puente.
-Esa idea -dijo Oliveira- no es mala del todo, aparte de que nos serviría para ir usando los clavos, vos de tu lado y yo del mío.
-Bueno, esperá -dijo Traveler, y desapareció.
Oliveira se quedó pensando en un buen insulto para aplastar a Traveler en la primera oportunidad. Después de consultar el cementerio y echarse un jarro de agua en la camiseta se apostó a pleno sol en la ventana. Traveler no tardó en llegar arrastrando un enorme tablón, que sacó poco a poco por la ventana. Recién entonces Oliveira se dio cuenta de que Talita sostenía también el tablón, y la saludó con un silbido. Talita tenía puesta una salida de baño verde, lo bastante ajustada como para dejar ver que estaba desnuda.
-Qué secante sos -dijo Traveler, bufando-. En qué líos nos metés.
Oliveira vio su oportunidad.
-Callate, miriápodo de diez a doce centímetros de largo, con un par de patas en cada uno de los veintiún anillos en que tiene dividido el cuerpo, cuatro ojos y en la boca mandíbulillas córneas y ganchudas que al morder sueltan un veneno muy activo -dijo de un tirón.
-Mandibulillas -comentó Traveler-. Vos fijate las palabras que profiere. Che, si sigo sacando el tablón por la ventana va a llegar un momento en que la fuerza de gravedad nos va a mandar al diablo a Talita y a mí.
-Ya veo -dijo Oliveira- pero considerá que la punta del tablón está demasiado lejos para que yo pueda agarrarlo.
-Estirá un poco las mandibulillas -dijo Traveler.
-No me da el cuero, che. Además sabés muy bien que sufro de horror vacuis. Soy una caña pensante de buena ley.
-La única caña que te conozco es paraguaya -dijo Traveler furioso-. Yo realmente no sé qué vamos a hacer, este tablón empieza a pesar demasiado, ya sabés que el peso es una cosa relativa. Cuando lo trajimos era livianísmo, claro que no le daba el sol como ahora.
-Volvé a meterlo en la pieza -dijo Oliveira, suspirando-. Lo mejor va a ser esto: Yo tengo otro tablón, no tan largo pero en cambio más ancho. Le pasamos una soga haciendo un lazo, y atamos los dos tablones por la mitad. El mío yo lo sujeto a la cama, vos hacés como te parezca.
-El nuestro va a ser mejor calzarlo en un cajón de la cómoda -dijo Talita-. Mientras traes el tuyo, nosotros nos preparamos.


"Qué complicados son", pensó Oliveira yendo a buscar el tablón que estaba parado en el zaguán, entre la puerta de su pieza y la de un turco curandero. Era un tablón de cedro, muy bien cepillado pero con dos o tres nudos que se le habían salido. Oliveira pasó un dedo por un agujero, observó cómo salía por el otro lado, y se preguntó si los agujeros servirían para pasar la soga. El zaguán estaba casi a oscuras (pero era más bien la diferencia entre la pieza asoleada y la sombra) y en la puerta del turco había una silla donde se desbordaba una señora de negro. Oliveira la saludó desde detrás del tablón, que había enderezado y sostenía como un inmenso (e ineficaz) escudo .